Las niñas normales abrazan muñecas y peluches al dormir. Yo abrazaba libros. Mi mamá intentaba arrancármelo para arroparme y ponerme cómoda, pero me quedaba aferrada a él como una garrapata. Hoy duermo divinamente abrazada a alguien, pero siempre un libro amanece revolcado entre nuestras sábanas.
Los niños normales también piden juguetes de regalo de cumpleaños. En mi caso, ir a una librería y pasar horas allí -escogiendo sin ningún tipo de presión- era por regla mi regalo. El mejor que podía recibir.
Desde que tengo memoria, este ha sido un ritual consistente: Con el dedo pulgar de mi mano derecha raspo el filo de las páginas de un libro para que se agolpen rápidamente una sobre otra, avanzando veloz en una historia contada despacio, creada a pulso. Me detengo en un punto al azar y ahí parto el tomo en dos, cada mitad a un lado. Lentamente, me lo acerco a la nariz y, con los ojos cerrados, inhalo en dos segundos –sólo dos segundos- la esencia de sus páginas, de la tinta, del polvillo, de la estantería, de su juventud o su vejez, del tiempo, de sus espacios, de su historia y personajes. Esta mezcla imperecedera de aromas se concentra justo en la ranura del medio. Ya puedo empezar a leer. Este ritual puede repetirse varias veces –como un reflejo- durante el período de lectura.
Se preguntarán si hay olores que me gusten más que otros, pero cada cual tiene su fascinación pues las combinaciones son interminables. Ahora bien, si me preguntan cuál me ha marcado, indudablemente digo: “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Quizás el hecho de comenzar diciendo:”Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” marcó mi memoria olfativa vinculando el aroma al amor y a una experiencia de lectura mágica y sin igual.
Pero que quede claro: Ningún libro del planeta huele tan exquisito como mi vieja edición amarilla y deslomada, otrora de mi abuela Pau. Tal como hay perfumes que incitan al erotismo, a la sensualidad o a la frescura, estoy segura que si extrajeran –como en el libro “El Perfume”- la esencia de mi libro, formularían una loción que llamaría indiscretamente al placer de leer.
Infinitas torres de blanco papel de todos los tamaños inundaban mi casa. Ventaja de tener un abuelo en el negocio de la impresión. Desde pequeña, coleccionista de libretas, cuadernos y tacos (entre otras muchas cosas más). Bien fuera a mano -en letra corrida o de molde-, en una vieja máquina de escribir que se le quedaban pegadas las teclas, en una moderna computadora con Word Star 5 y una ruidosa impresora Epson, logré combinar todos los medios y formas para expresarme con la palabra. Copiaba estilos de mis autores favoritos, mezclaba fantasías de historias leídas con las que mi cabeza paría; inventaba nombres que ya existían, cambiaba la forma del mundo, rimaba a montones inspirada por Aquiles Nazoa y otros poetas muertos; escribía y dramatizaba guiones frente al espejo largo del vestier de mi mamá y más de una vez yo misma me incorporé en Tartufo como un nuevo personaje que se le pasó por alto a Molière.
Asumo que siendo “Los Viajes de Gulliver” en una dantesca edición ilustrada, el primer libro que leí a los 3 años de edad –cuando aun mis padres no sabían que podía hablar, mucho menos leer- me hizo: 1) superar toda barrera literaria; 2) reforzar poderosamente mi inclinación a la ficción. Julio Verne fue Dios por un momento de mi niñez. Robinson Crusoe y Moby Dick eran la dupla que complementaban mi Santísima Trinidad; y 3) preparar el terreno para que, en una noble transición, me enamorara perdidamente del realismo mágico latinoamericano.
Como si fuera poco, dibujaba y coloreaba cada creación: Con mi caja de Prismacolor pintaba de “color carne” a mis personajes y de “Verde Olivo” por fuera y “Verde Manzana” por dentro los árboles de paisajes lunares. Llegué incluso a escribir muchísimas canciones para mis cuentos y sobre mi vida; chapuceé en flauta, piano, harmónica, cuatro, guitarra y hasta violín unas que otras notas que le pusieran música de fondo a todo lo que pasaba por mi cabeza.
Con el pasar de los años han sido muchos los retos que tuve para ser fiel a mis inclinaciones humanistas; mi destreza científica fue un “don maldito” que opacó mi verdadera identidad. Las tablas no fueron mi piso; la pluma y papel no son parte de mi cotidianidad más que para hacer un "To Do List". Pero siempre hay un punto de escape: mucho de lo que soy se concentra hoy en la línea de tiempo de este espacio. Mi Blog es sagrada libertad de expresión que ha mantenido viva esa pulpa de bohemia…aun siendo una triste “bohemia de clóset”. Siento que empujé la puerta para salir. Le di una patadita. Por la ranura entra la luz y ya el aire viciado del encierro se empezó a purificar.
Entendí que cuando hay fondo, hay que ponerle forma.
Nunca, nunca, nunca padecí de claustrofobia encerrada en un libro. Jamás de los jamases me dio agorafobia la inmensidad de una página en blanco. Y así será por siempre.


