viernes, 5 de abril de 2013

Saliendo del Closet


Las niñas normales abrazan muñecas y peluches al dormir. Yo abrazaba libros. Mi mamá intentaba arrancármelo para arroparme y ponerme cómoda, pero me quedaba aferrada a él como una garrapata. Hoy duermo divinamente abrazada a alguien, pero siempre un libro amanece revolcado entre nuestras sábanas.

Los niños normales también piden juguetes de regalo de cumpleaños. En mi caso, ir a una librería y pasar horas allí -escogiendo sin ningún tipo de presión- era por regla mi regalo. El mejor que podía recibir.

Desde que tengo memoria, este ha sido un ritual consistente: Con el dedo pulgar de mi mano derecha raspo el filo de las páginas de un libro para que se agolpen rápidamente una sobre otra, avanzando veloz en una historia contada despacio, creada a pulso. Me detengo en un punto al azar y ahí parto el tomo en dos, cada mitad a un lado. Lentamente, me lo acerco a la nariz y, con los ojos cerrados, inhalo en dos segundos –sólo dos segundos- la esencia de sus páginas, de la tinta, del polvillo, de la estantería, de su juventud o su vejez, del tiempo, de sus espacios, de su historia y personajes. Esta mezcla imperecedera de aromas se concentra justo en la ranura del medio. Ya puedo empezar a leer. Este ritual puede repetirse varias veces –como un reflejo-  durante el período de lectura.

Se preguntarán si hay olores que me gusten más que otros, pero cada cual tiene su fascinación pues las combinaciones son interminables. Ahora bien, si me preguntan cuál me ha marcado, indudablemente digo: “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Quizás el hecho de comenzar diciendo:”Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” marcó mi memoria olfativa vinculando el aroma al amor y a una experiencia de lectura mágica y sin igual.

Pero que quede claro: Ningún libro del planeta huele tan exquisito como mi vieja edición amarilla y deslomada, otrora de mi abuela Pau. Tal como hay perfumes que incitan al erotismo, a la sensualidad o a la frescura, estoy segura que si extrajeran –como en el libro “El Perfume”- la esencia de mi libro, formularían una loción que llamaría indiscretamente al placer de leer.

Infinitas torres de blanco papel de todos los tamaños inundaban mi casa. Ventaja de tener un abuelo en el negocio de la impresión. Desde pequeña, coleccionista de libretas, cuadernos y tacos (entre otras muchas cosas más). Bien fuera a mano -en letra corrida o de molde-, en una vieja máquina de escribir que se le quedaban pegadas las teclas, en una moderna computadora con Word Star 5 y una ruidosa impresora Epson, logré combinar todos los medios y formas para expresarme con la palabra. Copiaba estilos de mis autores favoritos, mezclaba fantasías de historias leídas con las que mi cabeza paría; inventaba nombres que ya existían, cambiaba la forma del mundo, rimaba a montones inspirada por Aquiles Nazoa y otros poetas muertos; escribía y dramatizaba guiones frente al espejo largo del vestier de mi mamá y más de una vez yo misma me incorporé en Tartufo como un nuevo personaje que se le pasó por alto a Molière

Asumo que siendo “Los Viajes de Gulliver” en una dantesca edición ilustrada, el primer libro que leí a los 3 años de edad –cuando aun mis padres no sabían que podía hablar, mucho menos leer- me hizo: 1) superar toda barrera literaria; 2) reforzar poderosamente mi inclinación a la ficción. Julio Verne fue Dios por un momento de mi niñez. Robinson Crusoe y Moby Dick eran la dupla que complementaban mi Santísima Trinidad; y 3) preparar el terreno para que, en una noble transición, me enamorara perdidamente del realismo mágico latinoamericano.

Como si fuera poco, dibujaba y coloreaba cada creación: Con mi caja de Prismacolor pintaba de “color carne” a mis personajes y de “Verde Olivo” por fuera y “Verde Manzana” por dentro los árboles de paisajes lunares. Llegué incluso a escribir muchísimas canciones para mis cuentos y sobre mi vida; chapuceé en flauta, piano, harmónica, cuatro, guitarra y hasta violín unas que otras notas que le pusieran música de fondo a todo lo que pasaba por mi cabeza.

Con el pasar de los años han sido muchos los retos que tuve para ser fiel a mis inclinaciones humanistas; mi destreza científica fue un “don maldito” que opacó mi verdadera identidad. Las tablas no fueron mi piso; la pluma y papel no son parte de mi cotidianidad más que para hacer un "To Do List". Pero siempre hay un punto de escape: mucho de lo que soy se concentra hoy en la línea de tiempo de este espacio. Mi Blog es sagrada libertad de expresión que ha mantenido viva esa pulpa de bohemia…aun siendo una triste “bohemia de clóset”. Siento que empujé la puerta para salir. Le di una patadita. Por la ranura entra la luz y ya el aire viciado del encierro se empezó a purificar.

Entendí que cuando hay fondo, hay que ponerle forma.

Nunca, nunca, nunca padecí de claustrofobia encerrada en un libro. Jamás de los jamases me dio agorafobia la inmensidad de una página en blanco. Y así será por siempre. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Catarsis

Desde siempre ha estado intoxicada, expuesta a los humores putrefactos de una historia de opresión, corrupción y oportunismo. Por sus venas corre una sangre negra y viscosa–literalmente- que representa la contaminación de su alma y los dolores de su cuerpo, al mismo tiempo que su morfina.

“Emerger” es el factor común en todos sus elementos. Un brote inagotable de sucesos, catástrofes y sinsentidos consistentes en el tiempo. Se desangra en cada noticiero, en cada titular y en cada sobremesa; se deshidrata por cada llanto de pérdida. Por la tensión muscular de sus transeúntes, por cada minuto en espera de la llamada de los captores, por cada signo de separación entre los suyos, ella sufre contracciones que la hacen vomitar y evacuar al mismo tiempo.

Ya no hay Dioses que paguen las velitas de un pueblo que fue devoto.

Se le nota el sufrimiento en la fachada: las raíces de los árboles rompen el pavimento. Nuevas construcciones se mimetizan entre viejos frontones. Como en fotos de un pasado amargo, no se sabe si todo está medio hecho o medio destruido. El sucio y la basura inundan el escenario, curten las paredes, impregnan el paisaje, tal cual las llagas purulentas de su eterna enfermedad.

Una sociedad que ha mutado -y que perdió su grupo control- sacó su lado más negro como en un proceso de parto: la indolencia rompió fuentes. Se partieron los cristales del respeto y la dignidad; todos saben que no hay quien lo repare. El valor de la vida se pisoteó hasta morir, así que el resto de los valores perdieron la razón de ser.

Dicen que está perdida. Yo digo que Venezuela está constantemente en un proceso biológico de catarsis.

miércoles, 16 de enero de 2013

La costumbre es más difícil que el amor

Para la mayoría de las personas, tener una rutina es hacer de todo un hábito; ejecutar acciones día tras día con el fin de ser más organizado, eficiente, saludable, lindo, próspero y feliz. Levantarte a la misma hora, ser productivo en tus 8 horas de jornada laboral, ir al gimnasio, comer sano y a las horas, usar cremas antiarrugas antes de ir a la cama, tomar 1 litro de agua al día, dormir temprano, etc., son clásicos de esa gente “altamente productiva” y fanáticos de sacarle el jugo al tiempo.

Tengo un par de años tratando de ser normal y tener mi propia rutina. La verdad soy un desastre, creo que los únicos hábitos que tengo es bañarme y cepillarme los dientes al despertar. Para mí, el significado de la palabra difiere del entendimiento popular y se alinea bastante a lo que dice la RAE:

rutina. (Del fr. routine, de route, ruta).
1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.
2. f. Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.

Lo que subrayo del concepto de arriba son las partes que justamente me producen un cortocircuito mental. Me parece que esta puede ser la razón de que, por más que me lo proponga, no logro tener una bendita rutina. En primer lugar, sencillamente no puedo hacer algo “sin razonarlo”. Pero está bien, digamos que toda acción que incorpore a mi rutina la haya razonado previamente…aún queda aquello de la “secuencia invariable de instrucciones” que me pone la vida triste. Aún queda la “costumbre”…que para mí no es más fuerte que el amor.

El sentimiento claustrofóbico de saber que día a día haré lo mismo, sin la libertad de “hacer lo que quiero” me mata. Es cierto que todos los días tengo que trabajar, por ejemplo, pero mi rebeldía sin causa hace que llegue y me vaya de la oficina a distintas horas, que almuerce en sitios distintos y que ande sentándome donde me provoque en vez de siempre en mi puesto. Dentro de mi “obligación” me gusta sentir algo de libertad.

Dicen por ahí que cuando tenemos una o más metas que nos retan, la mejor manera de lograrlas es mediante la disciplina que una rutina nos hace tener; la perseverancia no es más que casarse con la fulana rutina. Este año tengo varios retos importantes que me están empujando a saludarla y hacerme su amiguita. Todas las razones que me hacen no adoptar hábitos consistentemente se reducen a mi ego. Necesito entender y aceptar que no siempre “hacer lo que quiero” es lo correcto. Cuando descubrí que para mí la palabra “matrimonio” cambió su significado, entendí que increíblemente tengo flexibilidad de juicio y, sobretodo, que soy capaz de crear mi realidad. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El verdadero valor de las cosas

Caminaba por la concurrida plaza bajo el sol inclemente, transpirando de pies a cabeza buscando a un vendedor de agua cuando el ratero me arrancó el morral y se escurrió entre la multitud. Animales, carretas, bicicletas, gente y tarantines eran algunos de los obstáculos; me fue imposible perseguirlo entre todos los callejones. Con la respiración entrecortada y la ropa empapada, apoyé mis manos en las piernas para descansar de la carrera en vano. Gotas de sudor y lágrimas resbalaban por mi cara, no supe distinguir cuáles eran más saladas. Tampoco supe si el hipeo del cansancio era más fuerte que el del dolor. Sólo sabía que en esa mochila se fueron más de 200 páginas escritas a mano, mi bitácora de los últimos 18 meses en aquél país de Asia.
Recuerdo cada palabra, pero sólo el orden de cada una de ellas es lo que hace la diferencia entre una historia…y una gran historia. Así entendí que nadie me arranca del alma lo vivido.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Un rescate que no pude pagar

“Tenemos a su hijo”

Decía el Post It fucsia pegado en una pila de planillas sobre el desayunador.

Al leerlo, sentí que mis labios perdían el color y se dormían. Con la boca completamente seca, me senté instintivamente y supe –muy dentro de mí- que jamás lo tendría de vuelta en casa. Supe que pronto este tampoco sería mi hogar.

Para ese entonces, hacía cuatro años y medio que Paul me había dejado para nunca más volver.  Este golpe ya era demasiado para un alma demacrada como la mía. Muy bien sabía que no lo podría resistir. Después de ellos, no quedaba nada más.

Un domingo a mediodía desperté medio desnuda en el sofá de la casa. Casi no podía abrir los ojos de la resaca; la cabeza me retumbaba y tenía una sed de puta madres. Lo llamé un par de veces para que me alcanzara agua y un Advil, para preguntarle qué quería comer. Supuse que seguía durmiendo o habría salido a pasear en moto. A duras penas me levanté, atravesé el salón hasta nuestra recamara. La cama apenas distendida y un apestoso cenicero lleno de colillas en la mesa de noche delataban su insomnio.

Desde el inodoro pude ver las puertas del closet abiertas con un gran espacio vació donde su ropa solía estar. Sin secarme y dando tumbos me apresuré hasta él, abrí súbitamente las puertas, las gavetas del aparador y de la mesa de noche. Nada. Paul se había marchado.  Sólo dejó varias medias sin par en la cesta del baño.

Como despedida dejó un largo mensaje en mi contestadora, vociferando desesperado sus motivos, apuntándome por mi comportamiento desmedido la noche anterior. De lo que me dijo no podía recordar nada, llegué a pensar que lo estaba inventando como excusa para dejarme…luego corroboré dolorosamente cada una de sus palabras. Nunca más supe de él. Se fue de la ciudad, cambió su teléfono, su correo, cerró su Facebook.

Las siguientes semanas mi vida se vino abajo. Pasé muchos días sin comer, sólo fumando y bebiendo. Perdí mi trabajo y caí terriblemente enferma. Soledad, mi vecina, tras no verme salir ni entrar de la casa por días llamó a las autoridades e irrumpieron en mi apartamento. Me encontraron desmayada, deshidratada y enferma, hecha una porquería, casi a punto de morir. Al internarme en la clínica supe que tenía 3 meses de embarazo.

Estuve recluida en el hospital por un par de meses en un proceso de estricta desintoxicación. Luego me fui a vivir con Alberta –mi único pariente- y su esposo. Fue una época dura en la que mi vida era miserable. Tendría una criatura que ignoraría la existencia de su padre; Paul ignoraría la existencia de su propio hijo. Las crisis de abstinencia eran una pesadilla.

Alberta no aguantó más la situación, su esposo no me toleraba y me dijo que debía volver a mi casa. Me sentí condenada a morir. Sabría que bebería otra vez sin importarme mi estado. Al llegar de vuelta, Soledad volvió a encargarse de mí. Se ocupaba de alimentarme regularmente y de ofrecerme compañía para vigilar que no cometiera cualquier estupidez.

Paolo nació un 8 de septiembre, milagrosamente sano y réplica de su padre; dentro de todo, fue una bendición que así fuera para aclarar mis propias dudas. Conseguí trabajo en el periódico local cuando Paolo tenía 6 meses; me costó incorporarme a la sociedad otra vez, pero tenía un hijo al que mantener. Soledad lo cuidaba mientras yo estaba en la oficina y pude realmente enfocarme en mis labores e incluso logré que me promovieran.

Cuando las cosas iban mejor y mi sueldo era bastante decente, empecé nuevamente a exponerme a lo que nunca debí. Empecé con unas vacaciones a República Dominicana, un todo incluido donde bebí más de lo que comí. A partir de ahí, nuevamente no pude parar.

Paolo empezó a pagar las consecuencias de mi descuido. No contaba ya con Soledad pues se había marchado seis meses a visitar a sus nietos en el exterior, así que recurrí a una guardería. Varias veces, la directora tuvo que llevarse al niño a su casa pues yo nunca aparecí. Las primeras dos veces mentí alegando que, por ataques de epilepsia, había estado internada en la clínica. Luego la guardería empezó a sospechar e hizo sus averiguaciones.

La cuarta vez que no llegué por él, me negaron la matrícula de inmediato. Tuve que sacarlo de la guardería. Yo aun tenía que trabajar y Paolo tenía 4 años. Conseguí pagar a la hija de una vecina –estudiante universitaria- para que cuidara de él en casa y lo ayudara con algunas actividades. Le conté que no estaba en la guardería  porque solía enfermarse mucho por el contacto con otros niños y su sistema inmunológico era delicado.

Cada día, la nana se iba sin verme la cara. Cansada de esperarme, optaba por dormir al niño y salir de la casa. Un sábado a mediodía ella volvió a buscar libros de estudio que había olvidado en mi casa. Tocó un par de veces, me llamó al celular –y no respondí- me envió un mensaje explicándome la situación y que, como tenía llave, entraría para buscar lo que le urgía. Fue allí cuando encontró a Paolo, solo desde la tarde anterior, con la misma ropita, famélico y en terribles condiciones higiénicas.

La nana llamó a las autoridades. Al revisar mi expediente tomaron a Paolo en custodia. La mañana del domingo siguiente encontré ese Post It  fucsia sobre un montón de planillas del gobierno obligándome a ceder a mi hijo al Estado, declarándome incapaz de hacerme cargo de él.

Un mes después ingresé en un programa de rehabilitación en el que hasta hoy sigo. Ya tengo 6 años sobria y cada día es una batalla; en cada batalla hay dos puñales que nunca logro esquivar desde el momento en que abro los ojos: Paul y Paolo.

Aun duele reconocer que ese Post It fucsia fue una nota de un rescate que no pude pagar; me mata admitir que mi alma haya estado –y siga- en bancarrota para rescatar a mi propio hijo.

Hoy Paolo tiene casi 11 años y vive con padres adoptivos en otro país, tiene otro nombre, habla otro idioma, recibe amor incondicional. Paul…no sé qué será de él. Me gusta pensar que por cosas del destino es él el padre adoptivo de Paolo -su propio hijo- y que juntos recorren el mundo en moto sin ningún recuerdo del color de sus chaquetas.  

Misión Escape

Todo humano siente una curiosidad infinita por entender el universo, por saber cómo y por qué estamos aquí…¿por qué vivimos en la tierra y no en Plutón? Pudiéramos ser seres de cualquier tipo, adaptables a cualquier condición que los otros planetas tienen. Respirar Uranio, comer “estogloamitas fungiformes”. Quizás hasta no tener idioma, religión ni sexo. Sólo “vivir” de una manera fuera de lo concebible. 

De niño siempre quise vivir en el espacio, por la sencilla razón de alejarme de la tierra. Era –y sigue siendo difícil- para mí comprender estos patrones aleatorios donde lo tangible es lo único que cobra sentido y valor. Donde lo intangible es menospreciado.

Tuve siempre una fascinación por los cuerpos celestes, estudio las constelaciones, me apasiono con sus misterios, me desvelo tratando de recorrer el infinito en mi escaso cerebro. ¿Puede la imaginación abarcar todas las galaxias? También pido deseos a las estrellas fugaces, sólo para simular que de alguna manera encajo en este planeta.

Por eso me hice astronauta, para ir al encuentro extra-planetario del  ser. Donde aislado de una ínfima realidad –como se ve La Tierra desde el espacio- puedo sentir la verdad de por qué estoy aquí.

Cuando estoy en la tierra mi vida es bastante peculiar. Básicamente me dedico a dos cosas: primero, a crear y mantener un perfecto estado físico que contrarreste mi deterioro mientras estoy en el espacio, para ello entreno varias horas diarias y mi entrenador es mi gurú. Segundo, a fingir ante el mundo –y sobre todo, ante mi psicólogo tratante- que estoy cuerdo. ¿Cómo mantener la cordura cuando en cada viaje espacial corroboras el sin-sentido de este planeta? ¿Cómo mantener la cordura si desde allá afuera las guerras y los ataques terroristas son literalmente anti-natura? Al mismo tiempo te preguntas ¿Para qué hay todavía esfuerzos por salvar a la auto-destructiva Tierra? 

No tengo esposa ni hijos y prácticamente tampoco amigos. ¿Para qué querría someter a nuevas vidas a este caos? No me gusta ver TV, especialmente las noticias ¿Para qué sobre-exponerme al desastre si ya es suficiente con tener que aterrizar por temporadas aquí? Sólo me preocupa tener un comportamiento socialmente aceptable que me permita seguir viajando al espacio. Sí, señores: en el juego de la vida, me perdí la explicación de las reglas.

Mi día perfecto en el espacio es aquél en que la tierra se pierde de vista. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Carmen Sucre está pensando...

Carmen Sucre es una abuela con demasiado tiempo libre. Estas son algunas de sus actualizaciones en el 2017.
  • Mañana llegan mis nietos ¡A cocinar! 
  • Alguien que me explique por qué no hacen una sola red social ¡Me traen loca!
  • Visita de los nietos: playa, mall, playa, playa. Cocinar, mall, playa, playa. A mí me duelen los pies, a Pepe le duele el bolsillo. ¡Abollados pero contentos!
  • ¿Crucero por el Mediterráneo o Camino de Santiago? A mi edad, el primero va mejor. ¡Tengo listo el trikini! 
  • Noche de buraco en casa de Amandita ¡Se le acabó el whisky a los Jiménez!
  • Fin de semana de pesca con Pepe…se busca compañera de orilla.
  • ¡Cambien sus fotos de perfil! Son de hace 5 años y ya me las sé de memoria.
  • En esta casa ya no mando yo. Pepe declaró que aquí manda Apple. 
  • Jornada gratuita de tratamiento y cura del cáncer próximo fin de semana en el Hospital Central. Armando grupo de voluntariado, envía un Inbox si te interesa. Entren aquí para más información: www.curadelcancer.com.ve
  • Vecinas: A partir de la próxima semana habrá yoga los sábados en las áreas sociales…así como nos gusta a nosotras: ¡GRATIS! 
  • Vendo entradas para la fiesta de navidad del Club. Tengo una tickera completa, háganme la caridad. Servicio a domicilio y descuentos al por mayor. 
  • Con estos aparatos de holograma TV, un día de estos voy a conseguir a la protagonista de la novela en las piernas de Pepe. Él tiene la esperanza. 
  • Dicen que pasó de moda, pero a mí me sigue encantando Facebook. ¡Dale like si piensas igual que yo!