Hace unos días estuve de viaje (fuera de Venezuela) y me pasaron dos cosas que sólo el venezolano o quien haya vivido aquí, puede entender. Si nos ponemos a pensarlo caemos en depresión, pero a simple vista es hasta jocoso.
EPISODIO 1
Un día voy al cajero a retirar efectivo; el taxista espera estacionado frente a la acera mientras realizo la transacción. Una vez la máquina escupe los billetes procedo a girar el cuello en todas direcciones y salir de la cabina caminando rapidito hasta montarme en el taxi. Ya dentro del carro, mientras el taxista se incorpora a la avenida, me dispongo a guardar el dinero dentro de la cartera cuando de repente siento la presencia de dos entes que pasan al lado de mi ventana.
MdlA.-: ¡AAAAHHHH! – grito automática y sostenidamente abrazada a la cartera, agachando la cabeza y casi pegada al piso. Esperaba el quieto en cualquier momento.
Taxista: ¡AAAAHHHH! – grita desesperadamente soltando el volante y girando la cabeza hacia atrás - ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Un animal? ¿QUÉ PASA?
Me percato entonces que los individuos ya no estaban y, cuando levanto la cabeza, iban por la esquina de la cuadra conversando amenamente sin imaginarse la reacción que habían generado.
Tomo aire por la nariz, lo boto por la boca, me estiro las arrugas del vestido, trago saliva y digo:
MdlA.-: Disculpe Señor, me asusté. Pasaron caminando esos dos tipos justo al lado de mi ventana – explico como un argumento suficientemente fuerte para mi reacción.
Taxista: Pero…Señorita. ¡Esa es la acera! ¡Por ahí pasa la gente caminando!
EPISODIO 2
Voy en una cola con un taxista. Como llevaba un paquete grande en la maletera de la camioneta, me siento en el puesto de copiloto. Saco el BlackBerry, estiro mi brazo hacia abajo hasta donde da de manera de que no se vea por la ventana, mantengo la cabeza recta y bajo sólo los ojitos (ocultos por lentes de sol) para leer y responder los mensajes.
Taxista: ¡Ay señorita! ¡Qué pena! Tan joven y no ve de cerca.
MdlA.- (Ataque de risa)
¡Qué calidad de vida la de los venezolanos!


