domingo, 2 de septiembre de 2012

El peor plato de Acción de Gracias

Sentado en el comedor veía su sombra en la cocina ir y venir, escuchaba sus tacones sonar. Estiré sobre mi regazo la servilleta de tela blanca y pensé que hace mucho tiempo no la llevaba a cenar en un restaurante...más o menos desde que dejamos de hacer el amor. Puso la mesa perfecta, un mantel nuevo, cubertería de plata, candelabros, buen vino en la hielera y un par de platos huérfanos de la vajilla cara de 12 puestos. Nada podía estar mal.
Empezó a caminar hacia la mesa sin verme a la cara, cargando la bandeja pesada del humeante pavo relleno. Al servirlo, el olor de la salvia se mezcló con su perfume; olía a los buenos tiempos. Para mi sorpresa también sirvió guiso de judías verdes y pastel de calabaza, mis acompañantes favoritos. Desde que Miguel se fue de casa lo había dejado de preparar. Nada podía estar mal.
Mientras yo servía las porciones de pavo en su plato y el mío, pensé en que hoy sería un buen día para proponerle unas vacaciones ¿al Caribe tal vez? ¡Que ella eligiera! Comimos casi en silencio; Miguel llamó a saludar y la comida se enfrío un poco en nuestros platos.
-Gracias por la comida, todo quedó muy sabroso – Le dije al terminar, mientras servía más vino en su copa.
- Quiero el divorcio - fue su respuesta.
Ese fue, sin duda, el peor plato de Acción de Gracias que me comí.