miércoles, 12 de septiembre de 2012

El verdadero valor de las cosas

Caminaba por la concurrida plaza bajo el sol inclemente, transpirando de pies a cabeza buscando a un vendedor de agua cuando el ratero me arrancó el morral y se escurrió entre la multitud. Animales, carretas, bicicletas, gente y tarantines eran algunos de los obstáculos; me fue imposible perseguirlo entre todos los callejones. Con la respiración entrecortada y la ropa empapada, apoyé mis manos en las piernas para descansar de la carrera en vano. Gotas de sudor y lágrimas resbalaban por mi cara, no supe distinguir cuáles eran más saladas. Tampoco supe si el hipeo del cansancio era más fuerte que el del dolor. Sólo sabía que en esa mochila se fueron más de 200 páginas escritas a mano, mi bitácora de los últimos 18 meses en aquél país de Asia.
Recuerdo cada palabra, pero sólo el orden de cada una de ellas es lo que hace la diferencia entre una historia…y una gran historia. Así entendí que nadie me arranca del alma lo vivido.