domingo, 9 de septiembre de 2012

Un rescate que no pude pagar

“Tenemos a su hijo”

Decía el Post It fucsia pegado en una pila de planillas sobre el desayunador.

Al leerlo, sentí que mis labios perdían el color y se dormían. Con la boca completamente seca, me senté instintivamente y supe –muy dentro de mí- que jamás lo tendría de vuelta en casa. Supe que pronto este tampoco sería mi hogar.

Para ese entonces, hacía cuatro años y medio que Paul me había dejado para nunca más volver.  Este golpe ya era demasiado para un alma demacrada como la mía. Muy bien sabía que no lo podría resistir. Después de ellos, no quedaba nada más.

Un domingo a mediodía desperté medio desnuda en el sofá de la casa. Casi no podía abrir los ojos de la resaca; la cabeza me retumbaba y tenía una sed de puta madres. Lo llamé un par de veces para que me alcanzara agua y un Advil, para preguntarle qué quería comer. Supuse que seguía durmiendo o habría salido a pasear en moto. A duras penas me levanté, atravesé el salón hasta nuestra recamara. La cama apenas distendida y un apestoso cenicero lleno de colillas en la mesa de noche delataban su insomnio.

Desde el inodoro pude ver las puertas del closet abiertas con un gran espacio vació donde su ropa solía estar. Sin secarme y dando tumbos me apresuré hasta él, abrí súbitamente las puertas, las gavetas del aparador y de la mesa de noche. Nada. Paul se había marchado.  Sólo dejó varias medias sin par en la cesta del baño.

Como despedida dejó un largo mensaje en mi contestadora, vociferando desesperado sus motivos, apuntándome por mi comportamiento desmedido la noche anterior. De lo que me dijo no podía recordar nada, llegué a pensar que lo estaba inventando como excusa para dejarme…luego corroboré dolorosamente cada una de sus palabras. Nunca más supe de él. Se fue de la ciudad, cambió su teléfono, su correo, cerró su Facebook.

Las siguientes semanas mi vida se vino abajo. Pasé muchos días sin comer, sólo fumando y bebiendo. Perdí mi trabajo y caí terriblemente enferma. Soledad, mi vecina, tras no verme salir ni entrar de la casa por días llamó a las autoridades e irrumpieron en mi apartamento. Me encontraron desmayada, deshidratada y enferma, hecha una porquería, casi a punto de morir. Al internarme en la clínica supe que tenía 3 meses de embarazo.

Estuve recluida en el hospital por un par de meses en un proceso de estricta desintoxicación. Luego me fui a vivir con Alberta –mi único pariente- y su esposo. Fue una época dura en la que mi vida era miserable. Tendría una criatura que ignoraría la existencia de su padre; Paul ignoraría la existencia de su propio hijo. Las crisis de abstinencia eran una pesadilla.

Alberta no aguantó más la situación, su esposo no me toleraba y me dijo que debía volver a mi casa. Me sentí condenada a morir. Sabría que bebería otra vez sin importarme mi estado. Al llegar de vuelta, Soledad volvió a encargarse de mí. Se ocupaba de alimentarme regularmente y de ofrecerme compañía para vigilar que no cometiera cualquier estupidez.

Paolo nació un 8 de septiembre, milagrosamente sano y réplica de su padre; dentro de todo, fue una bendición que así fuera para aclarar mis propias dudas. Conseguí trabajo en el periódico local cuando Paolo tenía 6 meses; me costó incorporarme a la sociedad otra vez, pero tenía un hijo al que mantener. Soledad lo cuidaba mientras yo estaba en la oficina y pude realmente enfocarme en mis labores e incluso logré que me promovieran.

Cuando las cosas iban mejor y mi sueldo era bastante decente, empecé nuevamente a exponerme a lo que nunca debí. Empecé con unas vacaciones a República Dominicana, un todo incluido donde bebí más de lo que comí. A partir de ahí, nuevamente no pude parar.

Paolo empezó a pagar las consecuencias de mi descuido. No contaba ya con Soledad pues se había marchado seis meses a visitar a sus nietos en el exterior, así que recurrí a una guardería. Varias veces, la directora tuvo que llevarse al niño a su casa pues yo nunca aparecí. Las primeras dos veces mentí alegando que, por ataques de epilepsia, había estado internada en la clínica. Luego la guardería empezó a sospechar e hizo sus averiguaciones.

La cuarta vez que no llegué por él, me negaron la matrícula de inmediato. Tuve que sacarlo de la guardería. Yo aun tenía que trabajar y Paolo tenía 4 años. Conseguí pagar a la hija de una vecina –estudiante universitaria- para que cuidara de él en casa y lo ayudara con algunas actividades. Le conté que no estaba en la guardería  porque solía enfermarse mucho por el contacto con otros niños y su sistema inmunológico era delicado.

Cada día, la nana se iba sin verme la cara. Cansada de esperarme, optaba por dormir al niño y salir de la casa. Un sábado a mediodía ella volvió a buscar libros de estudio que había olvidado en mi casa. Tocó un par de veces, me llamó al celular –y no respondí- me envió un mensaje explicándome la situación y que, como tenía llave, entraría para buscar lo que le urgía. Fue allí cuando encontró a Paolo, solo desde la tarde anterior, con la misma ropita, famélico y en terribles condiciones higiénicas.

La nana llamó a las autoridades. Al revisar mi expediente tomaron a Paolo en custodia. La mañana del domingo siguiente encontré ese Post It  fucsia sobre un montón de planillas del gobierno obligándome a ceder a mi hijo al Estado, declarándome incapaz de hacerme cargo de él.

Un mes después ingresé en un programa de rehabilitación en el que hasta hoy sigo. Ya tengo 6 años sobria y cada día es una batalla; en cada batalla hay dos puñales que nunca logro esquivar desde el momento en que abro los ojos: Paul y Paolo.

Aun duele reconocer que ese Post It fucsia fue una nota de un rescate que no pude pagar; me mata admitir que mi alma haya estado –y siga- en bancarrota para rescatar a mi propio hijo.

Hoy Paolo tiene casi 11 años y vive con padres adoptivos en otro país, tiene otro nombre, habla otro idioma, recibe amor incondicional. Paul…no sé qué será de él. Me gusta pensar que por cosas del destino es él el padre adoptivo de Paolo -su propio hijo- y que juntos recorren el mundo en moto sin ningún recuerdo del color de sus chaquetas.