miércoles, 12 de septiembre de 2012

El verdadero valor de las cosas

Caminaba por la concurrida plaza bajo el sol inclemente, transpirando de pies a cabeza buscando a un vendedor de agua cuando el ratero me arrancó el morral y se escurrió entre la multitud. Animales, carretas, bicicletas, gente y tarantines eran algunos de los obstáculos; me fue imposible perseguirlo entre todos los callejones. Con la respiración entrecortada y la ropa empapada, apoyé mis manos en las piernas para descansar de la carrera en vano. Gotas de sudor y lágrimas resbalaban por mi cara, no supe distinguir cuáles eran más saladas. Tampoco supe si el hipeo del cansancio era más fuerte que el del dolor. Sólo sabía que en esa mochila se fueron más de 200 páginas escritas a mano, mi bitácora de los últimos 18 meses en aquél país de Asia.
Recuerdo cada palabra, pero sólo el orden de cada una de ellas es lo que hace la diferencia entre una historia…y una gran historia. Así entendí que nadie me arranca del alma lo vivido.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Un rescate que no pude pagar

“Tenemos a su hijo”

Decía el Post It fucsia pegado en una pila de planillas sobre el desayunador.

Al leerlo, sentí que mis labios perdían el color y se dormían. Con la boca completamente seca, me senté instintivamente y supe –muy dentro de mí- que jamás lo tendría de vuelta en casa. Supe que pronto este tampoco sería mi hogar.

Para ese entonces, hacía cuatro años y medio que Paul me había dejado para nunca más volver.  Este golpe ya era demasiado para un alma demacrada como la mía. Muy bien sabía que no lo podría resistir. Después de ellos, no quedaba nada más.

Un domingo a mediodía desperté medio desnuda en el sofá de la casa. Casi no podía abrir los ojos de la resaca; la cabeza me retumbaba y tenía una sed de puta madres. Lo llamé un par de veces para que me alcanzara agua y un Advil, para preguntarle qué quería comer. Supuse que seguía durmiendo o habría salido a pasear en moto. A duras penas me levanté, atravesé el salón hasta nuestra recamara. La cama apenas distendida y un apestoso cenicero lleno de colillas en la mesa de noche delataban su insomnio.

Desde el inodoro pude ver las puertas del closet abiertas con un gran espacio vació donde su ropa solía estar. Sin secarme y dando tumbos me apresuré hasta él, abrí súbitamente las puertas, las gavetas del aparador y de la mesa de noche. Nada. Paul se había marchado.  Sólo dejó varias medias sin par en la cesta del baño.

Como despedida dejó un largo mensaje en mi contestadora, vociferando desesperado sus motivos, apuntándome por mi comportamiento desmedido la noche anterior. De lo que me dijo no podía recordar nada, llegué a pensar que lo estaba inventando como excusa para dejarme…luego corroboré dolorosamente cada una de sus palabras. Nunca más supe de él. Se fue de la ciudad, cambió su teléfono, su correo, cerró su Facebook.

Las siguientes semanas mi vida se vino abajo. Pasé muchos días sin comer, sólo fumando y bebiendo. Perdí mi trabajo y caí terriblemente enferma. Soledad, mi vecina, tras no verme salir ni entrar de la casa por días llamó a las autoridades e irrumpieron en mi apartamento. Me encontraron desmayada, deshidratada y enferma, hecha una porquería, casi a punto de morir. Al internarme en la clínica supe que tenía 3 meses de embarazo.

Estuve recluida en el hospital por un par de meses en un proceso de estricta desintoxicación. Luego me fui a vivir con Alberta –mi único pariente- y su esposo. Fue una época dura en la que mi vida era miserable. Tendría una criatura que ignoraría la existencia de su padre; Paul ignoraría la existencia de su propio hijo. Las crisis de abstinencia eran una pesadilla.

Alberta no aguantó más la situación, su esposo no me toleraba y me dijo que debía volver a mi casa. Me sentí condenada a morir. Sabría que bebería otra vez sin importarme mi estado. Al llegar de vuelta, Soledad volvió a encargarse de mí. Se ocupaba de alimentarme regularmente y de ofrecerme compañía para vigilar que no cometiera cualquier estupidez.

Paolo nació un 8 de septiembre, milagrosamente sano y réplica de su padre; dentro de todo, fue una bendición que así fuera para aclarar mis propias dudas. Conseguí trabajo en el periódico local cuando Paolo tenía 6 meses; me costó incorporarme a la sociedad otra vez, pero tenía un hijo al que mantener. Soledad lo cuidaba mientras yo estaba en la oficina y pude realmente enfocarme en mis labores e incluso logré que me promovieran.

Cuando las cosas iban mejor y mi sueldo era bastante decente, empecé nuevamente a exponerme a lo que nunca debí. Empecé con unas vacaciones a República Dominicana, un todo incluido donde bebí más de lo que comí. A partir de ahí, nuevamente no pude parar.

Paolo empezó a pagar las consecuencias de mi descuido. No contaba ya con Soledad pues se había marchado seis meses a visitar a sus nietos en el exterior, así que recurrí a una guardería. Varias veces, la directora tuvo que llevarse al niño a su casa pues yo nunca aparecí. Las primeras dos veces mentí alegando que, por ataques de epilepsia, había estado internada en la clínica. Luego la guardería empezó a sospechar e hizo sus averiguaciones.

La cuarta vez que no llegué por él, me negaron la matrícula de inmediato. Tuve que sacarlo de la guardería. Yo aun tenía que trabajar y Paolo tenía 4 años. Conseguí pagar a la hija de una vecina –estudiante universitaria- para que cuidara de él en casa y lo ayudara con algunas actividades. Le conté que no estaba en la guardería  porque solía enfermarse mucho por el contacto con otros niños y su sistema inmunológico era delicado.

Cada día, la nana se iba sin verme la cara. Cansada de esperarme, optaba por dormir al niño y salir de la casa. Un sábado a mediodía ella volvió a buscar libros de estudio que había olvidado en mi casa. Tocó un par de veces, me llamó al celular –y no respondí- me envió un mensaje explicándome la situación y que, como tenía llave, entraría para buscar lo que le urgía. Fue allí cuando encontró a Paolo, solo desde la tarde anterior, con la misma ropita, famélico y en terribles condiciones higiénicas.

La nana llamó a las autoridades. Al revisar mi expediente tomaron a Paolo en custodia. La mañana del domingo siguiente encontré ese Post It  fucsia sobre un montón de planillas del gobierno obligándome a ceder a mi hijo al Estado, declarándome incapaz de hacerme cargo de él.

Un mes después ingresé en un programa de rehabilitación en el que hasta hoy sigo. Ya tengo 6 años sobria y cada día es una batalla; en cada batalla hay dos puñales que nunca logro esquivar desde el momento en que abro los ojos: Paul y Paolo.

Aun duele reconocer que ese Post It fucsia fue una nota de un rescate que no pude pagar; me mata admitir que mi alma haya estado –y siga- en bancarrota para rescatar a mi propio hijo.

Hoy Paolo tiene casi 11 años y vive con padres adoptivos en otro país, tiene otro nombre, habla otro idioma, recibe amor incondicional. Paul…no sé qué será de él. Me gusta pensar que por cosas del destino es él el padre adoptivo de Paolo -su propio hijo- y que juntos recorren el mundo en moto sin ningún recuerdo del color de sus chaquetas.  

Misión Escape

Todo humano siente una curiosidad infinita por entender el universo, por saber cómo y por qué estamos aquí…¿por qué vivimos en la tierra y no en Plutón? Pudiéramos ser seres de cualquier tipo, adaptables a cualquier condición que los otros planetas tienen. Respirar Uranio, comer “estogloamitas fungiformes”. Quizás hasta no tener idioma, religión ni sexo. Sólo “vivir” de una manera fuera de lo concebible. 

De niño siempre quise vivir en el espacio, por la sencilla razón de alejarme de la tierra. Era –y sigue siendo difícil- para mí comprender estos patrones aleatorios donde lo tangible es lo único que cobra sentido y valor. Donde lo intangible es menospreciado.

Tuve siempre una fascinación por los cuerpos celestes, estudio las constelaciones, me apasiono con sus misterios, me desvelo tratando de recorrer el infinito en mi escaso cerebro. ¿Puede la imaginación abarcar todas las galaxias? También pido deseos a las estrellas fugaces, sólo para simular que de alguna manera encajo en este planeta.

Por eso me hice astronauta, para ir al encuentro extra-planetario del  ser. Donde aislado de una ínfima realidad –como se ve La Tierra desde el espacio- puedo sentir la verdad de por qué estoy aquí.

Cuando estoy en la tierra mi vida es bastante peculiar. Básicamente me dedico a dos cosas: primero, a crear y mantener un perfecto estado físico que contrarreste mi deterioro mientras estoy en el espacio, para ello entreno varias horas diarias y mi entrenador es mi gurú. Segundo, a fingir ante el mundo –y sobre todo, ante mi psicólogo tratante- que estoy cuerdo. ¿Cómo mantener la cordura cuando en cada viaje espacial corroboras el sin-sentido de este planeta? ¿Cómo mantener la cordura si desde allá afuera las guerras y los ataques terroristas son literalmente anti-natura? Al mismo tiempo te preguntas ¿Para qué hay todavía esfuerzos por salvar a la auto-destructiva Tierra? 

No tengo esposa ni hijos y prácticamente tampoco amigos. ¿Para qué querría someter a nuevas vidas a este caos? No me gusta ver TV, especialmente las noticias ¿Para qué sobre-exponerme al desastre si ya es suficiente con tener que aterrizar por temporadas aquí? Sólo me preocupa tener un comportamiento socialmente aceptable que me permita seguir viajando al espacio. Sí, señores: en el juego de la vida, me perdí la explicación de las reglas.

Mi día perfecto en el espacio es aquél en que la tierra se pierde de vista. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Carmen Sucre está pensando...

Carmen Sucre es una abuela con demasiado tiempo libre. Estas son algunas de sus actualizaciones en el 2017.
  • Mañana llegan mis nietos ¡A cocinar! 
  • Alguien que me explique por qué no hacen una sola red social ¡Me traen loca!
  • Visita de los nietos: playa, mall, playa, playa. Cocinar, mall, playa, playa. A mí me duelen los pies, a Pepe le duele el bolsillo. ¡Abollados pero contentos!
  • ¿Crucero por el Mediterráneo o Camino de Santiago? A mi edad, el primero va mejor. ¡Tengo listo el trikini! 
  • Noche de buraco en casa de Amandita ¡Se le acabó el whisky a los Jiménez!
  • Fin de semana de pesca con Pepe…se busca compañera de orilla.
  • ¡Cambien sus fotos de perfil! Son de hace 5 años y ya me las sé de memoria.
  • En esta casa ya no mando yo. Pepe declaró que aquí manda Apple. 
  • Jornada gratuita de tratamiento y cura del cáncer próximo fin de semana en el Hospital Central. Armando grupo de voluntariado, envía un Inbox si te interesa. Entren aquí para más información: www.curadelcancer.com.ve
  • Vecinas: A partir de la próxima semana habrá yoga los sábados en las áreas sociales…así como nos gusta a nosotras: ¡GRATIS! 
  • Vendo entradas para la fiesta de navidad del Club. Tengo una tickera completa, háganme la caridad. Servicio a domicilio y descuentos al por mayor. 
  • Con estos aparatos de holograma TV, un día de estos voy a conseguir a la protagonista de la novela en las piernas de Pepe. Él tiene la esperanza. 
  • Dicen que pasó de moda, pero a mí me sigue encantando Facebook. ¡Dale like si piensas igual que yo!

martes, 4 de septiembre de 2012

Vive para contarlo

Di por sentado que las vibraciones que emanabas eran normales y parte de tu vida verde. Te asumí humana y multi-sensorial, tan sabia que quedaste muda. Tu valor ornamental nunca dio la talla a tu compañía extremadamente grata, supremamente necesaria. Viste mi vida pasar entre tragos de vino, bocanadas de humo, conversaciones profundas y un ánimo denso que afectaban tu verdor. Sola luchaste por enderezar tus ramas artríticas y por vencer el amarillo ¡a veces contando tan poquito en mí!  Diste la bienvenida a mis amigos y mis amantes, presenciaste más de un destello y todos los apagones.

Te tuve que dejar en otras latitudes y te cuento –a distancia- que mi vida ya no es gris. Eres el único testigo de que una vez lo fue ¡Yo ya casi ni me acuerdo! Mi lado oscuro, mi punto bajo, mi nido en el fondo lo conoces tú. Tienes que recordármelo de vez en cuando para no volver atrás, para ver mis frutos. ¡Vive! Vive para contarlo y para que cuando adornes nuevamente mi sala, nos veamos florear y reverdecer. 

P.S: Relato en honor a Wilson, quien siempre está en mi corazón. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

El peor plato de Acción de Gracias

Sentado en el comedor veía su sombra en la cocina ir y venir, escuchaba sus tacones sonar. Estiré sobre mi regazo la servilleta de tela blanca y pensé que hace mucho tiempo no la llevaba a cenar en un restaurante...más o menos desde que dejamos de hacer el amor. Puso la mesa perfecta, un mantel nuevo, cubertería de plata, candelabros, buen vino en la hielera y un par de platos huérfanos de la vajilla cara de 12 puestos. Nada podía estar mal.
Empezó a caminar hacia la mesa sin verme a la cara, cargando la bandeja pesada del humeante pavo relleno. Al servirlo, el olor de la salvia se mezcló con su perfume; olía a los buenos tiempos. Para mi sorpresa también sirvió guiso de judías verdes y pastel de calabaza, mis acompañantes favoritos. Desde que Miguel se fue de casa lo había dejado de preparar. Nada podía estar mal.
Mientras yo servía las porciones de pavo en su plato y el mío, pensé en que hoy sería un buen día para proponerle unas vacaciones ¿al Caribe tal vez? ¡Que ella eligiera! Comimos casi en silencio; Miguel llamó a saludar y la comida se enfrío un poco en nuestros platos.
-Gracias por la comida, todo quedó muy sabroso – Le dije al terminar, mientras servía más vino en su copa.
- Quiero el divorcio - fue su respuesta.
Ese fue, sin duda, el peor plato de Acción de Gracias que me comí.