miércoles, 16 de enero de 2013

La costumbre es más difícil que el amor

Para la mayoría de las personas, tener una rutina es hacer de todo un hábito; ejecutar acciones día tras día con el fin de ser más organizado, eficiente, saludable, lindo, próspero y feliz. Levantarte a la misma hora, ser productivo en tus 8 horas de jornada laboral, ir al gimnasio, comer sano y a las horas, usar cremas antiarrugas antes de ir a la cama, tomar 1 litro de agua al día, dormir temprano, etc., son clásicos de esa gente “altamente productiva” y fanáticos de sacarle el jugo al tiempo.

Tengo un par de años tratando de ser normal y tener mi propia rutina. La verdad soy un desastre, creo que los únicos hábitos que tengo es bañarme y cepillarme los dientes al despertar. Para mí, el significado de la palabra difiere del entendimiento popular y se alinea bastante a lo que dice la RAE:

rutina. (Del fr. routine, de route, ruta).
1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.
2. f. Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.

Lo que subrayo del concepto de arriba son las partes que justamente me producen un cortocircuito mental. Me parece que esta puede ser la razón de que, por más que me lo proponga, no logro tener una bendita rutina. En primer lugar, sencillamente no puedo hacer algo “sin razonarlo”. Pero está bien, digamos que toda acción que incorpore a mi rutina la haya razonado previamente…aún queda aquello de la “secuencia invariable de instrucciones” que me pone la vida triste. Aún queda la “costumbre”…que para mí no es más fuerte que el amor.

El sentimiento claustrofóbico de saber que día a día haré lo mismo, sin la libertad de “hacer lo que quiero” me mata. Es cierto que todos los días tengo que trabajar, por ejemplo, pero mi rebeldía sin causa hace que llegue y me vaya de la oficina a distintas horas, que almuerce en sitios distintos y que ande sentándome donde me provoque en vez de siempre en mi puesto. Dentro de mi “obligación” me gusta sentir algo de libertad.

Dicen por ahí que cuando tenemos una o más metas que nos retan, la mejor manera de lograrlas es mediante la disciplina que una rutina nos hace tener; la perseverancia no es más que casarse con la fulana rutina. Este año tengo varios retos importantes que me están empujando a saludarla y hacerme su amiguita. Todas las razones que me hacen no adoptar hábitos consistentemente se reducen a mi ego. Necesito entender y aceptar que no siempre “hacer lo que quiero” es lo correcto. Cuando descubrí que para mí la palabra “matrimonio” cambió su significado, entendí que increíblemente tengo flexibilidad de juicio y, sobretodo, que soy capaz de crear mi realidad.